"Falso Culpable" es un proyecto desarrollado por el Grupo de Investigación en Psicología del Testimonio de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de analizar las principales causas que llevan a que un inocente sea acusado de crímenes que no cometió.

La mayoría de los falsos culpables se deben más a los errores del Sistema que a la intención deliberada de condenar a inocentes.

Según la asociación norteamericana Innocence Project en torno a un 75% de los errores judiciales se deben a fallos en los procedimientos de identificación. Los errores en el reconocimiento de personas en la vida cotidiana son algo completamente usual, que forma parte del funcionamiento normal de nuestros sistemas cognitivos. Sin embargo, pasan a la categoría de problema grave las falsas identificaciones en entornos judiciales.

Los problemas de memoria (falsos recuerdos) de testigos y víctimas son otro de los principales factores que provocan falsas acusaciones.

Un mejor conocimiento de los errores que posibilitan los falsos culpables podría evitar, o al menos minimizar su incidencia.

Fabricando un violador: el calvario de Romano van der Dussen

El holandés ha pasado 12 años en prisión. El ADN ha demostrado su inocencia. Le acompañamos en sus primeros días en libertad 
La mujer se había fijado en un artículo de la portada de EL PAÍS del 15 de septiembre de 2014. “Un condenado por violación sigue preso siete años después de que el ADN lo exculpe”, se titulaba. Quedó tan impresionada que quiso conocer al protagonista. Fue un día a la prisión a visitar a Van der Dussen, luego otro… y más tarde empezaron las cartas. Decenas, centenares. “Ella apareció en medio del infierno”, recuerda. “Ni las enfermeras querían darme en mano las medicinas porque yo era un violador. Y de pronto una mujer buena empezó a creer en mi inocencia y a hablarme con cariño. Me sonreía. Sentí de nuevo que era una persona, que podría volver a formar parte de la sociedad y recuperar mi dignidad”.
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La mujer no quiere notoriedad, pero él la menciona siempre. Es lo único que le importa. “Siento que la vida, que tan mal me ha tratado, me está compensando ahora con su presencia. Espero no estropearlo. Una vida normal al lado de una mujer es algo que casi ni me he permitido soñar”. Ahora, muchos días cuando se despierta, ella es lo primero que ve. “En la cárcel no puedes ni dormir sin medicación. Por las noches estás nervioso, inquieto. Abrir los ojos y encontrarla a mi lado parece casi irreal, pero me tranquiliza de inmediato”. Se le empañan los ojos cuando lo cuenta, como si la mujer fuera a desaparecer en cualquier momento. Ha pasado de la soledad de la celda a tomar un colacao caliente acompañado por la mañana, a poder dar y recibir un masaje a media tarde. Nunca la había tocado antes. Ella no quiso contaminar su incipiente relación con la fealdad de la prisión, así que todo ha empezado con la vida en libertad. “Solo espero estar a su altura”, dice. Y se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas.
Ahora le rodean los focos. Es el holandés inocente de la tele. En Palma de Mallorca, donde fue liberado después de que el Tribunal Supremo revisara parcialmente su condena, el pasado 11 de febrero, la gente le para por la calle. Le dan abrazos y ánimos. Él disfruta de cada pequeña cosa en libertad: las sábanas limpias que huelen a suavizante, una mañana en la playa, una cerveza en una terraza. Durante 12 años soñó con los quesos de su país cada vez que comía las insípidas lonchas de la cárcel, así que ahora ha llenado la nevera. Al día siguiente de salir de prisión pidió siete cafés en un bar a las siete de la mañana. Uno tras otro. “Necesito olvidarme de la vida pautada al milímetro”, dice. “La sensación de poder hacer lo que quieres a la hora que quieres y beber cortados sin parar si te da la gana es maravillosa”.
Pero los primeros días fuera de la prisión también están siendo complicados. Pasa de la euforia a la tristeza en un minuto. Del agradecimiento al rencor. De la confianza a la desesperanza. De la ira a la amabilidad extrema. En cada conversación introduce frases como “siempre digo la verdad, en serio”, “soy sincero, ¿entiendes?”, “yo soy buena persona, te lo juro”. Es un tic de alguien a quien nadie ha creído durante mucho tiempo. La cárcel le ha quebrado, reconoce, y no sabe muy bien cómo podrá volver a construirse una vida, ni si será capaz de hacerlo.
“¿Cómo te recuperas de que el mundo te haya tratado como una basura durante tantos años?”, se pregunta. “Como le suele suceder a los violadores en la cárcel, el mismo día que entré me dieron la paliza de mi vida. Fue tan brutal que estuve tres semanas en la enfermería. Los funcionarios sabían que no podían garantizar mi integridad, así que me metieron en una celda de aislamiento. Durante 18 meses estuve solo 23 horas al día, volviéndome loco, viviendo una pesadilla”.

En el bar España, del barrio de Rafal, ha descubierto
que ya no se puede fumar en locales públicos.
Tras la condena, desfiló por cárceles de toda España. Siempre le acababan moviendo por su propia seguridad. “Lo primero que te piden los presos son los papeles. Quieren ver por qué estas allí. Y cuando lo saben, no hay piedad. Nadie te cree cuando les dices que eres inocente. Al final acabas tomando pastillas todo el rato para poder controlar la ansiedad”. En Palma de Mallorca, los presos como él están incluso separados del resto. Son los protegidos. Salen al patio cuando los demás ya han entrado, comen a diferentes horas… “Mis compañeros eran violadores, pederastas, maltratadores”.

Aún no sabe dónde va a vivir. Duerme en un austero piso de acogida en Palma que le presta un sacerdote de la pastoral penitenciaria, Jaume Alemany. Pero el Gobierno de Holanda le ofrece un apartamento en Kerkrade –un municipio cerca de Alemania rodeado de campos de tulipanes–, un subsidio para empezar de nuevo y asistencia psicológica. Sabe que lo más sensato sería aceptar. Está a punto de cumplir 43 años. En España no tiene más que dos mudas de ropa y algunos euros en el bolsillo. Le han ofrecido algún trabajo, pero no se siente con fuerzas por ahora. Aún tardará meses en cobrar la indemnización del Estado por el tiempo indebido en prisión, y la revisión de las dos condenas que le quedan –los casos en los que no se halló ADN que analizar– podría tardar años o no llegar nunca. Pero se resiste a marchar. No quiere dejar de ver a su ángel salvador y teme abandonarse en Holanda. Sabe que no está bien psicológicamente y que, haga lo que haga, nada será fácil. No tiene claro cómo incorporarse a una vida que se interrumpió hace 12 años y medio en una calle de Fuengirola.

2 de septiembre de 2003. Del paraíso a Alhaurín de la Torre
Esa mañana, como tantas otras del verano, había ido a la playa. Llegó pronto. Apenas había gente y estuvo paseando por la orilla. Aún recuerda la calidez del sol, el sonido de las olas… La plácida sensación de mirar el horizonte sin demasiadas preocupaciones. Unos meses antes había cerrado la heladería Irene de Fuengirola, en la que trabajaba, pero no estaba inquieto. Le habían entrevistado en un resort de Marbella y confiaba en encontrar algún empleo gracias a los cuatro idiomas que habla. Era un holandés de 30 años con ganas de copas y fiesta que quería disfrutar de la Costa del Sol.
Hacía un calor sofocante y pegajoso, y a mediodía decidió volver a casa. Vestía un vaquero cortado, una camiseta clara y chanclas. Solo llevaba una bolsa de plástico con aceite solar, una toalla y una cerveza. Iba a cruzar la calle de Oviedo del municipio malagueño cuando dos policías le pararon:
–¿Romano van der Dussen?
–Sí.
–¿Puede acompañarnos a comisaría? Queremos hacerle unas preguntas.
–¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿No me las pueden hacer aquí?
–Tiene que venir con nosotros. Está detenido.
Se resistió. No entendía por qué le arrestaban. Los agentes le llevaron al coche, le esposaron y le condujeron a la comisaría. Allí fue directo al calabozo. Fue la primera vez que escuchó que era “un violador de mierda”. Dos días después ingresó en prisión. No volvió a ver una playa en 12 años.
Poco a poco se fue enterando de qué le acusaban. Tres mujeres habían sido agredidas brutalmente en Fuengirola la madrugada del 10 de agosto de 2003, 23 días antes. Un extranjero había intentado violarlas. Las fotos de una de las mujeres muestran un rostro desfigurado por los hematomas. El ataque fue tan grave que la víctima, de 29 años, no podía recordar lo sucedido. Padecía una ansiedad extrema y era incapaz de salir sola a la calle.

El comedor del alojamiento donde el sacerdote le ha ofrecido
techo mientras Van der Dussen medita cómo
rehacer su vida.
Ella fue la primera atacada aquella noche, en la calle de Miguel Bueno. A 500 metros, en la avenida de Mijas, otra chica, de 33 años, fue abordada con la misma violencia una hora después. Un puñetazo la tiró al suelo, quedó inmovilizada y estaba a punto de consumarse la violación cuando un coche se paró cerca. El agresor salió corriendo con su bolso. Media hora después, en la calle de Sevilla, perpen­dicular a la avenida de Mijas, se abalanzó sobre otra mujer, una veraneante de Barcelona que logró zafarse cuando una vecina se asomó al balcón tras oír sus gritos de auxilio.
La policía se empleó a fondo para hallar al violador. En esos días había un cierto pánico por los crímenes sexuales en la Costa del Sol. Acababa de encontrarse el cadáver de Sonia Carabantes, una joven de 17 años de Coín, y poco después se supo que una muestra de ADN vincu­laba su muerte con la de Rocío Wanninkhof en Mijas en 1999, por la que se iba a juzgar ese otoño a Dolores Vázquez, que también resultó inocente. A mediados de septiembre se halló al culpable de ambos asesinatos: Tony Alexander King, un británico con antecedentes en su país por estrangulamiento y violación.
En el módulo de aislamiento de la cárcel de Alhaurín de la Torre, Van der Dussen tuvo como vecinos de celda a King y a otro británico que había matado a su hijo. El holandés trataba de ser optimista. Escribía cartas al juzgado con un diccionario para ofrecer testigos de su coartada y prestarse a cualquier cotejo de ADN. Creía imposible que tuvieran pruebas contra él porque no había hecho nada. Y además le estaban acusando de un delito del que, muchos años antes, había sido víctima su propia madre.
25 de mayo de 2005

“Ojalá que te lleven al infierno”

Romano, que está a punto de cumplir 43 años, se reencuentra con el Mediterráneo
paseando por la playa de Palma.
Antes del juicio llegó la primera mala señal. Su abogada, Celia Martín Aurioles, le explicó que el fiscal ofrecía un pacto: siete años de prisión a cambio de admitir su culpabilidad. Con una parte de la pena ya cumplida, pronto podría pedir el traslado a Holanda y en poco tiempo estaría en la calle. Él se negó. La mañana de la vista se levantó nervioso. Apenas pudo desayunar el café con leche y el pan que le llevaron a la celda. Se puso un pantalón beis y una camisa amarilla de Lacoste que pidió prestados al inglés que había matado a su hijo, se calzó unos mocasines oscuros y esperó a que lo llevaran a la sala de juicios. Quería causar buena impresión. Cuando se sentó en el banquillo se dijo que todo iría bien, que nadie puede ser condenado por un delito que no ha cometido. Junto a su abogada, esperó a que las tres víctimas declararan. Solo oía sus voces. Ellas podían verlo a él, pero se mantenían ocultas tras una mampara. “Ojalá que te lleven al infierno, hijo de perra”, escuchó. Y supo entonces que la pesadilla iniciada 18 meses antes no iba a acabar.
Otra de las víctimas se desmayó al verlo en medio de la sala. Las tres estaban convencidas de que las había intentado violar entre puñetazos y golpes. Ante el tribunal, se convirtió en un monstruo. El segundo día declararon los peritos: ni el ADN hallado en una de las víctimas ni las huellas dactilares eran suyos, y tampoco aparecía en las imágenes de las cámaras de seguridad de la zona. No había más pruebas que la declaración de dos víctimas y de una testigo que vio desde su balcón al agresor de la chica que había perdido la memoria. Pero las tres decían estar muy seguras y fue condenado. El 25 de mayo de 2005, tres magistrados de la Audiencia de Málaga, José María Muñoz, Lourdes García y María Jesús Alarcón, lo sentenciaron a 15 años y medio de cárcel por agresión sexual, lesiones y robo con violencia, haciendo hincapié en el idéntico modus operandi de los tres ataques.
La resolución no hace la menor referencia a la única prueba objetiva: ADN hallado en el pubis de una de las víctimas cuyos marcadores no coincidían con los de Van der Dussen. La otra opción, que perteneciera a algún novio de la chica, no era posible: ella negó tener pareja y haber mantenido relaciones sexuales ese día ni los anteriores. Pero la sentencia ni siquiera plantea la posibilidad de otro varón. Simplemente no menciona el ADN.
El único argumento, más allá de las declaraciones de las víctimas, fue que Van der Dussen no había aportado datos que avalaran su coartada: que estaba con unos amigos en una fiesta en Torremolinos la noche de las agresiones. Pero en el sumario hay varias cartas manuscritas del holandés al juzgado hablando de personas con las que decía haber estado esa noche y aportando direcciones y números de teléfono. Sus abogados presentaron dos testimonios por escrito y pidieron la comparecencia de los testigos en el juicio. El tribunal lo rechazó por una cuestión formal.
“Dos semanas después de la vista me llamó la abogada para decirme: ‘Nos han condenado”. Se le quiebra la voz al recordarlo. “Fue un shock tremendo, uno de los momentos más duros. Cogí la tapa de una lata de atún y traté de abrirme las venas”, dice mostrando una cicatriz en el brazo. “No podía asumirlo, y mucho menos cuando mi propia madre había sido violada. Luego me di cuenta de que los que me habían condenado querrían eso. Que iban a decir que no podía vivir con lo que había hecho y por eso me había quitado la vida. Sería una prueba más contra mí. Ese día decidí luchar hasta el final para exigir justicia”.

Pero tampoco pudo recurrir en condiciones su condena. El Tribunal Supremo no admitió a trámite la casación, después se pasó el plazo para recurrir al Constitucional y, como no había agotado el sistema de recursos español, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no pudo revisar su caso. Todo lo que podía salir mal, salía mal.

La vida de Romano nunca había sido fácil. Su padre, Dick, tenía una pequeña empresa de seguros. Su madre, Johana, era ama de casa. La familia giraba en torno a un drama no superado: su madre fue violada y tuvo una hija fruto de esa agresión, la hermana mayor de Van der Dussen, una chica con problemas de drogas que ejercía la prostitución. Él pasó una infancia feliz y tranquila en Oudkarspel, un pueblo pequeño con vacas y tulipanes, pero a los 14 años, ante el difícil panorama familiar por los problemas de la hermana, lo llevaron a un centro de protección de menores, donde sufrió sus propios conflictos y adicciones. Con veintitantos, y tras desintoxicarse, se fue a España a tratar de cambiar de aires. Su novia le acompañó, pero se separaron poco después. De esa relación nació una niña, que tenía solo dos años cuando entró en prisión.
Durante ese tiempo ha tenido dos sobrinos, a los que no conoce, y su madre ha fallecido sin poder despedirse de él. La condena ha afectado a toda la familia. No todos creyeron en él. Su hermana pequeña, policía, decía que era imposible que en un país europeo le condenaran por un delito que no había cometido.

20 de mayo de 2010. El psicópata inglés
Cinco años después de la sentencia, un diplomático holandés le informó de que el ADN hallado en una de las víctimas había resultado ser de un británico, Mark Philip Dixie, preso en Reino Unido por asesinato y violación y que residía en Málaga cuando se cometieron los hechos por los que él cumplía pena. La policía española lo sabía desde 2007. El año anterior, Dixie había sido detenido y su perfil genético entró en la base de datos europea Veritas, que acreditó que encajaba con los restos hallados en Fuengirola en 2003.
La policía había informado al juzgado y pedido una ampliación de los marcadores genéticos de Dixie para asegurarse de que había sido él. Pero el caso se perdió en la burocracia judicial y acabó, incomprensiblemente, archivado sin que Reino Unido enviara las nuevas muestras de ADN porque no habían sido solicitadas correctamente. Van der Dussen ni siquiera llegó a saber nada de esto hasta tres años después. Entonces recurrió al letrado madrileño Silverio García Sierra, que había asumido de oficio uno de los múltiples recursos del caso. García Sierra ha trabajado gratis durante cinco años hasta lograr que el Supremo lo pusiera en libertad.
La revisión del caso ha tardado simplemente por cuestiones burocráticas. Diligencias que podían haber llevado un mes han tardado nueve años. “Este procedimiento parece maldito”, lamenta García Sierra. “Todo se ha hecho mal, todo ha sido un desastre. Cuando lees el sumario no puedes creer la mezcla de irregularidades, deficiencias en la investigación y mala suerte, una negligencia tras otra. La fase final fue ya el colmo, nadie se dio prisa por verificar si había un inocente en la cárcel: ni Reino Unido, ni los juzgados. Todo iba a un ritmo exasperante. Siempre que parecía que estaba a punto de lograr la libertad y se hacía ilusiones, aparecía una nueva diligencia que cumplimentar”.

El padre Jaume Alemany, capellán de las prisiones
mallorquinas, enseña al holandés cómo
manejarse en Facebook.
Solo se ha revisado una de las condenas, la de la violación en la que apareció el ADN del británico. Sobre las otras dos, el Supremo no admitió a trámite la revisión a pesar de que la condena se basa precisamente en la existencia de un único agresor. El abogado de Van der Dussen va a presentar un nuevo recurso con más pruebas que están recopilando, como los testimonios de las personas que estuvieron con el holandés la noche de las violaciones. Una mejor investigación podría haber hallado restos o huellas en el bolso que manipuló el violador y en la ropa de dos de las víctimas, pero no fueron ni analizados ni guardados.

Errores que se repiten
Qué lleva a un inocente a la cárcel? ¿Es solo una cuestión de mala suerte? La repetición de ciertas pautas en casos como el de Ahmed Tommouhi, Rafael Ricardi o José Antonio Valdivielso, presos en España durante años por delitos que no habían cometido, indica que se trata más bien de malas prácticas repetidas. Defectos en la investigación policial, en las identificaciones, en los reconocimientos en rueda, en la valoración de las pruebas… Y demasiada prisa por encerrar a un culpable, el que sea, y dar carpetazo al caso.
Van der Dussen aparecía en los álbumes de la policía porque había sido detenido tres veces: por daños al mobiliario urbano y por dos denuncias de su exnovia, con la que un día tuvo una pelea en la calle. No llegó a ser juzgado, pero los antecedentes policiales, a diferencia de los penales, no se cancelan. Su condena parece basarse en que las víctimas no dudaron al reconocerlo. Pero del sumario se deduce algo distinto. Las tres mujeres declararon ante la policía por primera vez la noche de la agresión o al día siguiente. En ese momento dieron las primeras descripciones del violador, que no coincidían entre sí. Era a la vez rubio y moreno, de pelo largo y corto, con camiseta clara y oscura. Solo un detalle se repetía: el pelo rizado. La primera vez que les enseñaron las fotos de los delincuentes entre los que estaba Van der Dussen no reconocieron a nadie. Días más tarde, una de las víctimas lo señaló “sin ningún género de dudas”, pero otra no lo tuvo claro y en una rueda de reconocimiento posterior no lo identificó.
“Víctimas y testigos a veces se equivocan”, explica Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid. “Muchas veces, por una incorrecta investigación policial. Si se les da a entender que han acertado, que ese es el sospechoso, o en un primer momento se les enseña solo una foto, en los sucesivos reconocimientos no harán sino identificar a aquel cuya foto vieron en la comisaría, y lo harán con mayor seguridad. Es lo que llamamos un falso recuerdo. El problema, en todo caso, no es que se produzcan identificaciones erróneas, sino que estas declaraciones se acepten como prueba única incluso por encima del ADN. Los datos empíricos indican que el resultado de la prueba de identificación es erróneo el 50% de las veces”.

Imágenes de su infancia, que pasó en un tranquilo pueblo holandés
“A mí también me daban pena las mujeres que declararon el día del juicio”, recuerda Van der Dussen. “Era evidente que habían sufrido mucho. Pero yo no era culpable. Si la investigación se hubiera hecho bien, no habría pasado 12 años en la cárcel, podría haber dado un beso a mi madre antes de morir y visto crecer a mi hija. Nada de esto tenía que haber sucedido”. La niña tiene ahora 15 años. Se llama Romana y en unos días va a conocer a su padre.

Neurociencia de la tortura


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Diciembre de 2015
Publicado por


Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.
Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.
Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.
En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.
No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:
 
El cerebro torturado no funciona con normalidad
Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.
Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

 
La tortura altera los recuerdos
Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee— de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.
 
La tortura pierde eficacia rápidamente
El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.
 
No hay niveles de tortura
Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.
 
La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan
Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.
 
La tortura degrada también a las personas que colaboran
Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».
 
La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia
El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.
 
Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable
Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.
 
La tortura daña la causa del torturador
La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.
 

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
 
Muchos torturados son inocentes
Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.
 
La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal
No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.
Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.
Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.
 
Para leer más:
  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.

Presentación de libro

Presentación del libro: La memoria humana: Aportaciones desde la neurociencia cognitiva
Lunes 2 de noviembre de 2015
Lugar: Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
C/ Cuesta de San Vicente, 4
19.00 a 20.30 horas
Entrada libre


Intervendrán:
D. José Manuel Muñoz Vicente, Presidente de la Sección de Psicología Jurídica del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
D. Miguel A. Álvarez, profesor de neurociencia de la Universidad de La Habana
D. Antonio L. Manzanero, profesor de Psicología de la Memoria de la Universidad Complutense de Madrid.


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La memoria humana: Aportaciones desde la neurociencia cognitiva

Antonio L. Manzanero y Miguel Ángel Álvarez
Madrid: Pirámide, 2015
ISBN: 978-84-368-3440-6

Índice:
Prólogo; 1. Introducción al estudio de la memoria; 2. Fundamentos psicobiológicos de la memoria; 3. Modelos cognitivos de memoria; 4. Sistemas de memoria, procesos de recuperación automática y conciencia; 5. El papel del contexto en la memoria; 6. Emoción y memoria; 7. Déficit y alteración de la memoria: olvido, falsas memorias y amnesias; 8. La memoria autobiográfica; 9. La memoria durante el ciclo vital; 10. Memoria de testigos; Bibliografía

“He pasado un infierno indescriptible, los peores 4.000 días de mi vida”

Entrevista con el hombre que lleva 11 años en prisión por violaciones que no ha cometido.

Reino Unido confirma ahora que el ADN hallado no era suyo, sino de un asesino británico.

 
Palma de Mallorca  
9 MAY 2015






Romano Liberto van der Dussen lleva 4.268 días y sus noches atormentado por la palabra violador. Le han llamado monstruo, depredador sexual, hijo de puta, mierda, bestia. Le han dicho que no merece vivir. Durante los 11 años y medio que este holandés ha pasado encerrado en prisiones españolas ha recibido de sus compañeros incontables palizas, insultos, amenazas —“vas a morir, perra”—. Ha pasado meses aislado en una celda sin ver a nadie para salvaguardar su integridad física. La vida no es fácil en la cárcel, pero lo es aún menos si estás dentro por haber violado a mujeres indefensas. En la ética del talego, ese crimen no se admite.
Sin embargo, el holandés nunca intentó violar a tres mujeres en Fuengirola (Málaga) en la madrugada del 10 de agosto de 2003, delitos por los que fue condenado a 15 años y medio de cárcel. Lo hizo un británico llamado Mark Dixie. La policía española lo sabe desde 2007 y Reino Unido acaba de confirmarlo con una nueva muestra de ADN del inglés. No solo eso. El propio Dixie ha reconocido ahora que probablemente esté relacionado con esas agresiones sexuales y ha ofrecido su colaboración. Pero, a pesar de todo, Van der Dussen continúa en prisión.


A la izquierda, Romano van der Dussen antes de su ingreso en prisión en septiembre de 2003. A la derecha, el británico Mark Dixie.
El caso está ahora en manos del Tribunal Supremo, tras interminables diligencias y comprobaciones que han tardado ocho años en llevarse a cabo. “Mientras tanto, mi vida ha sido destrozada”, relata en buen castellano Van der Dussen a EL PAÍS en la cárcel de Palma de Mallorca, donde cumple pena en estos momentos. Entró en prisión con 30 años. Ahora tiene 42.
El holandés recuerda su historia en un locutorio de la cárcel mallorquina. Es domingo, día de visita, y alrededor hay un enjambre de niños hablando con sus padres presos. A él casi nunca va a verle nadie. Su madre murió y su padre, enfermo, vive en Holanda. Van der Dussen está solo. Vestido con una camiseta Nike y unas bermudas, aún podría pasar por un turista joven. Su rostro, sin embargo, es una mezcla extraña de tristeza, ira, incredulidad y exasperación.
Ha pasado por siete prisiones en 11 años y medio. Siempre había líos, problemas con su condición de violador, y tenían que trasladarlo. Málaga, Granada, Murcia, Valencia, Castellón, Alicante, Palma... Ha recorrido toda la costa de prisión en prisión. Espera que esta sea la última, pero ya no está seguro de nada.

—Llevo 11 años en la cárcel por delitos que no cometí. He pasado un infierno indescriptible, los peores 4.000 días de mi vida. Durante este tiempo he visto personas apuñaladas, otras que se han suicidado, violaciones por una deuda impagada... Todo esto me ha provocado daños irreparables. Estoy bajo tratamiento psiquiátrico. Tomo psicofármacos para tratar el estrés postraumático y tengo múltiples trastornos psicológicos. He perdido hasta mi propia dignidad como persona ¿Cómo voy a creer en la justicia?
El holandés llega al locutorio lleno de papeles. Ha tenido mucho tiempo para estudiar detenidamente su expediente. Cuando fue encarcelado apenas hablaba el idioma, pero usaba un diccionario para entender el Código Penal, La Ley de Enjuiciamiento Criminal, la Ley del Tribunal Constitucional... Once años después, habla un más que correcto español.
—Empecé a leerme las leyes porque estaba convencido de que no se habían hecho bien las cosas. Una buena investigación policial y judicial no acaba con un inocente en prisión. Poco a poco me fui dando cuenta de distintas irregularidades, de que no había tenido una buena defensa letrada, de que las identificaciones que hicieron las víctimas no se habían llevado a cabo correctamente, de que no se habían investigado todas las pruebas... Pero procesalmente ya era tarde. Una vez que te condenan, demostrar tu inocencia es muy complicado.
Esta historia comenzó para él el 2 de septiembre de 2003. En esa época, vivía en la localidad malagueña de Benalmádena en casa de unos amigos que no le cobraban alquiler. Había trabajado en una heladería, pero esta cerró y él se quedó sin empleo. Cobraba el paro en Holanda y con ese dinero se apañaba. No había tenido una vida fácil. Sus padres, incapaces de hacer frente a sus obligaciones familiares, pidieron ayuda a los servicios sociales holandeses cuando él tenía ocho años. Los veía de tanto en tanto, pero pasó toda su infancia y adolescencia internado en centros de protección. De allí salió con 17 años y una fuerte adicción al éxtasis y la cocaína.
—Pasé por varias clínicas de desintoxicación. Me fue bien, y durante una época llegué incluso a trabajar una larga temporada en un hotel del aeropuerto. Cuando llegué a España, estaba limpio.
Aquel 2 de septiembre de 2003, unos agentes de policía le arrestaron cerca de la playa. Más tarde le informaron de la acusación: era el sospechoso principal de haber agredido sexualmente a tres mujeres en Fuengirola durante la noche del 10 de agosto entre las 4.30 y las seis de la madrugada. El modus operandi había sido el mismo en todos los casos: el atacante se acercaba a la chica, la golpeaba violentamente, con puñetazos incluidos, y trataba de violarla. El hombre no pudo consumar ninguno de los intentos de violación por la aparición de algún coche o vecino, pero las tres mujeres, de 19, 29 y 33 años, quedaron aterrorizadas.
Los recuerdos de las víctimas y de una testigo eran de un hombre de complexión fuerte, pelo acaracolado o rizado... Pero para dos de ellas era rubio; para otras dos, castaño oscuro. Para una, tenía el pelo largo; para otras dos, corto. Una decía que medía 1,75; otra, que más o menos 1,85... En todo caso, parecía que se trataba de la misma persona por las similitudes en los ataques y la enorme cercanía en el espacio y en el tiempo de las agresiones.
La policía comenzó a investigar el caso y a enseñar álbumes de posibles sospechosos a las víctimas. Van der Dussen aparecía en uno de ellos. Había tenido algunos altercados callejeros que desembocaron en antecedentes policiales por resistencia a la autoridad y por una pelea con su novia. Nunca fue condenado, pero su rostro quedó en esos álbumes. Se los enseñaron a una de las mujeres y no reconoció a nadie. Doce días más tarde, sin embargo, el 22 de agosto, ella y otra de las víctimas sí identificaron “sin ningún género de duda” al holandés. Lo hizo también una testigo que había visto al atacante desde su balcón.
Una de las mujeres dudó más tarde. En una rueda de reconocimiento en el juzgado, el 1 de octubre, dijo que Van der Dussen era más bajo que el agresor y que no estaba totalmente segura de que hubiera sido él. Pero, en el juicio, dos víctimas y una testigo se mostraron convencidas de que el holandés era el atacante. La tercera víctima sufría de estrés postraumático y amnesia y no recordaba nada.
Con esas identificaciones, y a pesar de que el ADN hallado en una de las agresiones sexuales no coincidía con el suyo, Van der Dussen fue condenado por la Audiencia Provincial de Málaga a 15 años y medio de prisión por tres agresiones sexuales, lesiones y robo con violencia. La sentencia no hace referencia a los restos de ADN hallados en el intento de violación de la primera víctima, ni argumenta el porqué esta prueba exculpatoria no se tomó en consideración. El condenado ha dado, durante años, vueltas y más vueltas a esa resolución.

—Nunca entendí cómo me sentenciaron habiendo ADN que me exculpaba. Tampoco fue normal el reconocimiento en rueda, en el que, sin cumplir lo que exige la ley, me metieron a mí, con mi aspecto de extranjero, junto a españoles morenos que no se me parecían en nada. Además, yo presenté tres testigos que podían acreditar dónde estaba esa noche, pero nadie les llamó a declarar: ni la policía, ni la fiscalía, ¡ni siquiera mi abogado! Y, finalmente, cuando la policía recuperó el bolso y la cartera de dos de las víctimas, que se había llevado el atacante, no tomaron las huellas dactilares de esos objetos. Son cosas que nunca podré entender. Supongo que es tranquilizador tener un culpable, aunque no sea el verdadero.
Van der Dussen siente que estaba condenado antes de que comenzara el proceso.

—Yo no estaba muy preocupado porque creí que estas cosas no pasaban; que era imposible, en un país del primer mundo, acabar en la cárcel por un delito que no habías cometido. Entiendo que el resto de los presos no creyeran en mi inocencia. Me decían: ‘si no has hecho nada, ¿por qué estás aquí?'.
Él reconoce abiertamente sus altercados previos con la policía, y sabe por qué aparecía en sus álbumes fotográficos de sospechosos.
—Me había metido en algún lío, sí, aunque nunca fui condenado. No era un santo, es cierto. Pero eso no me convierte en un depredador sexual. Jamás agredí a esas mujeres. Nunca lo habría hecho. Mi madre sufrió una violación cuando tenía 14 años y nunca lo superó. Era católica y no quiso abortar. Mi hermanastra es fruto de esa agresión sexual y mi madre vio siempre la cara de su violador en la de su hija. He vivido ese trauma muy de cerca.
Van der Dussen nunca volvió a ver a su madre. Ella no aguantaba la idea de tener a un hijo violador y jamás vino a visitarlo a España. Murió hace unos años de cáncer.
—En ese momento, cuando ya se encontraba muy mal, pidió poder despedirse de mí a través de videoconferencia, pero no fue posible. No pude decirle que la quería muchísimo y que no había agredido a ninguna chica. Falleció sin que yo pudiera demostrar mi inocencia.
Tres años después de la detención y encarcelamiento de Van der Dussen, otro crimen, aparentemente sin relación alguna con él, se resolvía a 2.000 kilómetros de Málaga. Una modelo de 18 años, Sally Ann Bowman, había sido violada y asesinada en Londres en septiembre de 2005. Mark Philip Dixie, un hombre con múltiples antecedentes por violentas agresiones sexuales, violaciones y robo, fue arrestado un año después y condenado a 34 años de prisión. En 2006, tras la detención, su perfil genético pasó a la base de datos Veritas de Interpol... y la policía española constató que encajaba con la violación de Fuengirola en la que se había hallado ADN y por la que fue condenado Van der Dussen.
Un informe de la policía científica de 23 de marzo de 2007 informó al juzgado encargado del caso del hallazgo y señaló que, según sus datos, era 54 millones de veces más probable que ese ADN fuera una mezcla de Mark Dixie y la víctima de Fuengirola que de cualesquiera otras dos personas elegidas al azar. De todas formas, recomendaban ampliar los marcadores genéticos de Dixie pidiendo una nueva muestra a Reino Unido.
—En ese momento vi el cielo abierto. Pensé que finalmente empezaba a clarificarse la verdad y que ese iba a ser el desenlace de la pesadilla; que unas pruebas científicas iban a demostrar mi inocencia de una vez y descubrir al verdadero culpable.
Pero la sencilla petición de la policía española ha tardado ocho años en cumplimentarse. Todo han sido problemas entre el juzgado de Fuengirola, la Audiencia Provincial de Málaga, las comisiones rogatorias a Reino Unido... Hasta que el letrado de Van der Dussen no acudió al Supremo en 2011 para pedir la revisión de la condena, nadie se tomó en serio el caso ni tuvo prisa en averiguar si había un inocente en prisión.
El alto tribunal no dio la razón al holandés, pero sí pidió, el 14 de febrero de 2012, que se agilizara el proceso con Londres. Tres años después, el pasado 26 de febrero, finalmente, el informe británico ha llegado al juzgado de Fuengirola. Y, como se esperaba, los nuevos marcadores de Mark Dixie son también coincidentes con el material genético hallado en la violación.
El informe ha llegado además acompañado de otro documento: la declaración de un funcionario de prisiones que habló con Dixie. El preso le dijo que “puede que estuviera involucrado” en el delito de violación cometido en España, y que “no quería que hubiera alguien cumpliendo una pena en prisión por algo que no había hecho”. Por ello, dijo que “estaría encantado de colaborar con cualquier investigación referente a este asunto”.
Con estos nuevos papeles, el abogado de Van der Dussen, Silverio García Sierra, ha acudido de nuevo al Supremo. Los usó primero para pedir en el juzgado permisos de salida para el preso, pero han sido denegados. Ahora, el alto tribunal tiene de nuevo el asunto en sus manos. “Yo solo sigo en este caso porque creo en la inocencia de este hombre”, dice García Sierra, a quien le tocó de oficio tramitar un recurso de amparo ante el Constitucional del holandés y ha continuado después con él por pura convicción. “No te puedes creer cómo se ha llegado a esta situación”. En el locutorio de la cárcel de Palma, Van der Dussen se despide tras 40 minutos de charla. Pregunta si es normal que la justicia tarde tanto.
—Solo estoy a la espera del desenlace de esta pesadilla. Espero que se aclare todo y que el responsable de los hechos pague por ello. Nada ni nadie podrá reparar el daño que se me ha causado con este cúmulo de irregularidades, pero no me quedan fuerzas ni para tener rencor. Lo único que quiero es que esto termine de una vez.

Lo que dice la nueva muestra genética

Cuando el británico Mark Dixie fue detenido en Londres en 2006 por asesinato y violación, su perfil genético pasó a la base de datos de Interpol. Se supo entonces que coincidía con los restos de ADN hallados en una de las violaciones del 10 de agosto de 2003 en la localidad malagueña de Fuengirola, la única en la que se encontró material genético.
El ADN hallado era una mezcla de la víctima y de un varón desconocido. Ese varón desconocido no era el sospechoso investigado, Romano van der Dussen, según acreditó la policía científica por escrito. Pero este dato exculpatorio no se tuvo en cuenta en la sentencia y el holandés fue condenado.
En 2007, la policía española emitió un nuevo informe: era 54 millones de veces más probable que el ADN hallado fuera una mezcla del británico Dixie y de la víctima de la violación que de cualesquiera otras dos personas. Pero, como en el perfil de Interpol faltaban algunos marcadores, se recomendaba que se solicitara a Reino Unido una nueva muestra genética de Mark Dixie.
Esta prueba con todos los marcadores genéticos acaba de llegar a España, ocho años después, y corrobora, según un experto forense consultado por este periódico, que el ADN hallado en Fuengirola es compatible con el perfil de Dixie. No lo es con el de Van der Dussen.

Absuelto un preso estadounidense tras pasar 38 años en la cárcel por un delito que no cometió


COMISIÓN DE INVESTIGACIÓN DE INOCENCIA


Joseph Sledge fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de dos personas en el estado de Carolina del Norte en septiembre de 1976. Ahora, 38 años después, un tribunal ha revisado su caso y le ha declarado inocente depsués de que un testigo clave cambiara su declaración y se revisaran las pruebas de ADN.
antena3.com | Madrid | 24/01/2015
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Un preso estadounidense ha sido absuelto después de pasar 38 años en la cárcel acusado de un doble asesinato que no cometió. Un testigo clave ha cambiado su declaración y se ha comprobado que las huellas dactilares y las pruebas de ADN que se encontraron en la escena del crimen no pertenecen al acusado.
 
Absuelto un preso estadounidense tras pasar 38 años en la cárcel por un delito que no cometió
 
 Joseph Sledge fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de dos personas blancas, madre e hija, en el estado de Carolina del Norte en septiembre de 1976. Las víctimas fueron encontradas en su casa con varias puñaladas asestadas por todo su cuerpo.
Ahora, un tribunal de tres jueces ha tomado la decisión de anular la condena después de que un testigo clave reconociera haber mentido y de que un perito forense declarase que las huellas dactilares, ADN, y cabello hallados en la escena del crimen no pertenecen al condenado.
Sledge será indemnizado con 750.000 dólares (unos 669.000 euros) en compensación del Estado por su encarcelamiento injusto según el diario New Observer. Sledge es la octava persona exonerada después de que el estado de Carolina del Norte estbleciese una Comisión de Investigación de Inocencia. Esta comisión fue designada en 2007 y desde entonces ha revisado más de 1.500 casos.